El duro camino para alcanzar conquistas laborales en todo el mundo

1 May 2023 | 0 comentarios

Cada 1 de mayo es bueno recordar que los derechos ganados de los trabajadores no fueron generosas donaciones caídas del cielo. Tener vacaciones pagas, indemnizaciones, aguinaldo y trabajar 8 horas, entre otras conquistas, fueron el resultado de luchas que por años llevaron adelante hombres y mujeres en todo el mundo pagando un precio personal muy alto. Miles de ellos fueron asesinados, torturados, encarcelados.

En 1886 la jornada de un trabajador estadounidense podía extenderse hasta 18 horas. Aquella fue una época donde las luchas de los obreros se iban organizando en busca de conseguir conquistas. Una de ellas era lograr la jornada laboral de ocho horas, propuesta surgida bajo la influencia de los inmigrantes europeos que venían del viejo continente con ideas socialistas y anarquistas.

A fines de abril de 1886 la efervescencia del conflicto se instaló en su punto más alto. Los obreros organizados lanzaron en Chicago una campaña por la reducción en las horas de trabajo, convocaron a una gran movilización para el 1 de mayo. Chicago era por entonces la ciudad más industrial del país del norte y al mismo tiempo la cuna de la rebeldía obrera nucleada en una organización denominada la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo que agrupaba a la mayor parte de los asalariados.

La movilización fue masiva, concurrieron 200.000 personas (foto). La protesta intentó ser silenciada a balazos por la policía. La represión fue brutal, hubo muertos y heridos. En especial trabajadores de la fábrica McCormick cuyos dueños no aceptaban discutir ningún reclamo de sus trabajadores. Pese a los muertos y heridos el pedido obrero no se silenció, por el contrario. Se multiplicaron las movilizaciones los días 2 y 3 de mayo, siempre reprimidas con particular ferocidad.

En solidaridad con los obreros de Chicago la protesta se replicó en todo EEUU. Los primeros en levantarse fueron los constructores de edificios, quienes también exigían una mejora en las condiciones laborales. El 4 de mayo la situación se desbordó. Como los trabajadores no se dispersaban los uniformados abrieron intenso fuego asesinando a numerosos manifestantes. Alguien respondió lanzando una bomba contra los policías potenciando la furia de los uniformados. En pocos minutos los muertos se contaban por docenas. Se declaró el estado de sitio y centenares de obreros fueron detenidos, entre ellos algunos líderes anarquistas. La jornada quedó registrada como la revuelta de Haymarket.

Los hechos desembocaron en un juicio oral a los sindicalistas. Comenzó el 21 de junio de 1886 con 31 acusados. Los miembros de aquel jurado no fueron elegidos mediante el procedimiento usual. Fueron seleccionados por un funcionario estatal y confirmados incluso después de manifestar abiertamente que tenían una opinión formada contra los acusados. Uno llegó a comentar que era pariente de una de las personas heridas por la bomba.

En su arenga final el 11 de agosto de 1886 el fiscal señaló: “Estos hombres han sido seleccionados porque fueron líderes. No fueron más culpables que los millares de sus adeptos. Señores del jurado: ¡declarad culpables a estos hombres, haced escarmiento con ellos, ahorcadles y salvaréis a nuestras instituciones, a nuestra sociedad!”

El 28 de agosto el jurado dictó sentencia. Siete de los acusados debían ser colgados, un octavo fue condenado a 15 años de prisión. Dos de ellos solicitaron el perdón al entonces gobernador de Illinois, quien accedió a conmutarles la pena por prisión perpetua. Los otros cinco exigieron la libertad o la pena de muerte.

Quince meses después de la sentencia, el 11 de noviembre de 1887 cuatro de ellos fueron ahorcados, el quinto se había suicidado el día anterior, aunque existen dudas sobre si se trató de un hecho voluntario. Todos son recordados como los “mártires de Chicago”. Sus luchas no fueron en vano, con el tiempo la jornada laboral quedó determinada en ocho horas.

La repercusión mundial de estos hechos provocó una oleada de indignación que obró como factor aglutinante de trabajadores. Treinta y tres años después, en 1919, quedó constituida la primera conferencia de la Organización Internacional del Trabajo que propuso impulsar la adopción mundial de la jornada de ocho horas y la semana de 48 horas.

En la segunda mitad del siglo XIX, Argentina contaba con menos de 2 millones de habitantes y un mundo laboral casi exclusivamente rural dominado por los terratenientes. Pero, entre 1857 y 1930, ingresaron al país cruzando el Atlántico, más de 6 millones de inmigrantes, con valijas repletas de ideas socialistas y anarquistas. Había nacido la organización sindical, se había instaurado la pelea entre el capital salvaje y la fuerza del trabajo. Aparecieron por estas Pampas, el mutualismo y los primeros periódicos obreros.

En 1878, nació la Unión Tipográfica, el primer sindicato y al año siguiente, la primera huelga contra la reducción de salarios. Por un ratito, el capital retrocedió: aumento de sueldos, reducción de la jornada a 12 horas y exclusión de los niños menores de 12 años. Poco después todo volvió a ser como antes y la mano invisible del mercado, terminó con el gremio.

En la última década del siglo XlX, comenzó a cosecharse la concientización que habían sembrado los tipógrafos y aparecieron más de 20 sindicatos. Nació la Federación Obrera Regional Argentina que impulsó huelgas, boicots, actos públicos de protesta durante 1900, 1901 y en 1902. Pedían reajuste de salarios y reducción de la jornada laboral.

La profundización de la crisis, generó efímeras alianzas entre socialistas y anarquistas, que unirán sus fuerzas y romperán alianzas, continuamente durante décadas. Nacieron los 1° de mayo con los trabajadores en las calles, el grito por la jornada de 8 horas, las leyes de Palacios a partir de 1904, la huelga de inquilinos en 1907 y las muertes que ordenó Ramón Falcón, en el Día de los Trabajadores de 1909.

La respuesta de los gobiernos liberales de aquel entonces fue sancionar la ley de residencias en 1902 que le permitía a las autoridades expulsar a inmigrantes sin juicio previo. Julio Rocca transitaba por su segunda presidencia. La ley fue utilizada por sucesivos gobiernos para reprimir la organización sindical de los trabajadores, expulsando principalmente anarquistas y socialistas. Surgió a partir de un pedido formulado por la Unión Industrial Argentina al Poder Ejecutivo Nacional en 1899. El senador Miguel Cané la presentó ante el Congreso.

En 1915 había 51 sindicatos y más de 20 mil afiliados, 5 años después, las organizaciones eran más de 700, reuniendo a casi 750 mil obreros. El clima de época exigiendo derechos, estaba marcado por las revoluciones radicales que peleaban por el voto universal y secreto el cómo el levantamiento de los chacareros en el grito de Alcorta en 1912. En  el mundo se repetían los movimientos de lucha como el de Pancho Villa en México o la revolución rusa del ’17.

Por esos años Argentina contaba más de mil asesinatos en la llamada «semana trágica», cuando los obreros de la porteña metalúrgica Vasena luchaban por la jornada de 8 horas en 1919. En paralelo en el país profundo, se daban las huelgas en los obrajes forestales del norte de Santa Fe y Chaco y los conflictos en las plantaciones de yerba mate de Corrientes y Misiones. Después los 1.400 fusilamientos de los peones patagónicos, para reprimir el pedido de mantas, velas, pago justo y un botiquín en inglés y castellano.

La crisis del ’29, empujó a la sustitución de importaciones industriales. Creció la utilización de mano de obra asalariada; pero el golpe que terminó con Yrigoyen generó que el tiempo de conquistas se congele durante toda la «década infame». Condenaron a la ilegalidad a las organizaciones sindicales anarquistas, se aplicó como nunca antes la Ley de Residencia y el comienzo de la represión al conjunto del movimiento obrero.

El 27 de septiembre de 1930, con casi 125 mil trabajadores sindicalizados, nació la Confederación General del Trabajo y fruto de esta militancia conjunta, en el ’36 se sancionó la Ley 11.729 de reformas al Código de Comercio, que estableció un avanzado sistema de relaciones laborales para los trabajadores del sector comercial y servicios.

A partir de mediados de 1943, un histórico listado de medidas revolucionarias adelantaron el perfume de la matriz política, económica y social del futuro: creación de los Tribunales de Trabajo; establecimiento del aguinaldo; reconocimiento de las asociaciones profesionales, para mejorar sustancialmente la posición jurídica de los sindicatos; extensión de la indemnización por despido a todos los trabajadores; más de 2 millones de personas beneficiados con la jubilación y sanción del Estatuto del Periodista Profesional.

Se prohibieron las agencias privadas de colocaciones; se crearon Escuelas Técnicas y el hospital ferroviario y en 1944 se firmaron 123 convenios colectivos de trabajo que alcanzaban a más de 1.400.000 obreros y empleados y al año siguiente, otros 347 para casi 2.200.000 trabajadores. Pero fundamentalmente, el símbolo más importante de ese nuevo tiempo que ponía en jaque al viejo modelo agroexportador (un país sin leyes laborales, ni distribución de la riqueza), fue el Estatuto del Peón de Campo.

La Biblia peronista, bautizó al movimiento obrero como la columna vertebral del movimiento y Angel Borlenghi, un dirigente nacido en el socialismo criollo, pasará de secretario general de la CGT a Ministro del Interior de Perón. Los afiliados de la CGT pasaron de 80.000 en 1943, a 1.500.000 en 1947 y 4.000.000 en 1955.

En 1949 nació la nueva constitución argentina. Por primera vez se incorporaron los derechos del trabajador a la Carta Magna. En el artículo 37, aparecían los 10 puntos del Decálogo del Trabajador: Derecho de trabajar, Derecho a una retribución justa, Derecho a la capacitación, Derecho a condiciones dignas de trabajo, Derecho a la preservación de la salud, Derecho al bienestar, Derecho a la seguridad social, Derecho a la protección de su familia, Derecho al mejoramiento económico y Derecho a la defensa de los intereses profesionales.

El golpe de Estado de 1955, reinstaló aquel escenario de orfandad en el que vivió el movimiento obrero argentino desde fines del siglo XIX, hasta la llegada de Juan Domingo Perón a la Secretaría de Trabajo y Previsión. Las bombas de junio sobre la Plaza de Mayo, mataron a centenares de obreros. Los fusilamientos que apagaron el levantamiento del Gral. Valle un año después, también buscaron domesticar al movimiento obrero.

Después del golpe del ’55, la Libertadora intervino la CGT y a todos los sindicatos peronistas. Congelaron los salarios, desnacionalizaron los depósitos bancarios y derogaron la Constitución del ’49. El plan para desperonizar el pasado, el presente y el futuro, nació con el decreto 4161/56: proscripción del peronismo, ilegalidad del partido, prohibición de su ideología y símbolos e incluso, la mención de los nombres de Perón y Evita. Esa inédita amenaza de exterminio político generó la Resistencia Peronista

En aquellos congresos «normalizadores» que organizaba la dictadura de la sociedad Aramburu-Rojas, el sindicalismo buscaba a recuperar el protagonismo perdido. Pocas semanas después del golpe del 55, dirigentes de distintos gremios crearon las 62 organizaciones peronistas, significando la cantidad de sindicatos encolumnados detrás del presidente derrocado. En una Argentina vacía de derechos, ellos habían llegado para quedarse. Pero estaba en discusión, como en todos los gobiernos no peronistas hasta nuestros días, quién y cómo se los domaba.

Con Arturo Frondizi en la presidencia, en noviembre del ’58 y hasta junio del ’61, reinó el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado). Una serie de decretos y resoluciones secretas, mediante las cuales el Poder Ejecutivo se atribuyó la facultad de suspender las garantías constitucionales para proceder al reclutamiento militar obligatorio de la población, la detención de personas sin orden judicial, el enjuiciamiento de civiles por consejos militares de guerra, la conformación de zonas bajo mando militar y la subordinación de las policías provinciales y federal a las Fuerzas Armadas.

Con Frondizi llegará la destrucción de los ferrocarriles con el Plan Larkin y la privatización del frigorífico Lisandro De la Torres. La participación de los trabajadores en la renta nacional se derrumbó en 1959, alcanzando el nivel más bajo de los últimos 40 años.

La administración Illia puso en marcha una serie de medidas destinadas a lograr la normalización de la Confederación General del Trabajo; mientras José Alonso se transformaba en secretario general de la central sindical. El gobierno radical buscaba aplicar controles sobre los fondos y las elecciones sindicales. Primero comenzaron los paros y luego endurecieron su posición, decretando el “estado de alerta” en todo el país. Del 15 de enero al 28 de febrero del ‘64 se trabajaría en la organización del plan de lucha y entre el 1 y el 31 de marzo, se lanzarían las acciones directas.

Con el golpe de Onganía, llegó el pacto entre la burocracia sindical y los militares que soñaban con eternizarse en el poder. Creció la idea «vandorista» de un peronismo sin Perón y el movimiento obrero quedó indefenso, ante el matrimonio del Ejército con los sindicatos dialoguistas.

La CGT de los Argentinos, nació para denunciar la traición y recuperar el protagonismo de los trabajadores, en la discusión del presente y el futuro. Fue fundada en el Congreso Nomalizador realizado entre el 28 y el 30 de marzo de 1968, con la elección del dirigente gráfico Raimundo Ongaro, encabezando la corriente combativa del movimiento obrero argentino. “Somos Peronistas, pero no burócratas sindicales, ni dialoguistas con la dictadura”, afirmó Ongaro. El grupo vandorista no participó de aquel cónclave.

La CGT se mantuvo dividida un par de años hasta que en 1970 cuando asumió su conducción el metalúrgico José Ignacio Rucci, asesinado tres años más tarde por integrantes del grupo Montoneros.

Tras el golpe de 1976 la CGT es primero intervenida y luego disuelta por la dictadura. El sindicalismo se reorganizó en dos sectores: Uno que confrontó con la dictadura, llamado primero «los 25» y luego CGT-Brasil. Tuvo como principal referente al cervecero Saúl Ubaldini. El otro sector fue «dialoguista» con la dictadura, se lo reconoció como la CGT-Azopardo, y tuvo al dirigente plástico Jorge Triacca como figura más destacada.

En medio de la brutal represión de aquellos años, la desaparición de personas que incluyó a cientos de gremialistas, la CGT de Ubaldini declaró el 27 de abril de 1979 la primera de una serie de huelgas generales contra la dictadura. Un segundo paro general ocurrió el 22 de julio de 1981 y el tercero el 30 de marzo del año siguiente recibiendo una severa represión y miles de detenidos. Pareció ser la estocada final a los años de dictadura cívico militar. No fue así. Dos días más tarde Leopoldo Galtieri dio la orden de tomar las Islas Malvinas.

En los 40 años que llevamos de democracia el movimiento obrero ha sido protagonista de una nueva división. El 14 de noviembre de 1992 se convocó al «Congreso de los Trabajadores Argentinos» en Parque Sarmiento. El plenario terminaría formalizando con los años una nueva central obrera, la CTA que tuvo en el dirigente Víctor De Gennaro, de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), su primer conductor.

La CTA tuvo su propia división interna a partir de 2011. Sin embargo, desde 2019, esta organización conducida por Hugo Yasky, y la CGT, que mantiene a un triunviro en la conducción actual, integrado por Carlos Acuña, Héctor Daer y Pablo Moyano, están transitando por un sendero similar. Ambas representan a casi 9 millones de trabajadores.

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